Capítulo 6. Rut, la extranjera

Capítulo 6. Rut, la extranjera

Por Mariano Serer Mora

En EzerYah damos mucho valor a las personas extranjeras, nuestras historias están repletas de migrantes y peregrinos de esta tierra. En esta oportunidad queremos presentarte a una mujer migrante, una verdadera Ezer que ha buscado y encontrado sabor en una vida que parecía ser amarga. Te presentaremos a Rut, la moabita.

El Dios de la Biblia tiene una predilección por los emigrantes. Migrar no es nada fácil, te encuentras con muchas pruebas y barreras, culturas desconocidas, personas que pueden llegar a rechazarte. Pero también el emigrar de la propia tierra puede regalarte un sinfín de buenas sorpresas, de esas con gusto a promesa de Dios.

La historia de esta mujer, la puedes encontrar en el libro que lleva su nombre, en el Antiguo Testamento. Rut es una mujer moabita y este no es un dato menor. Moab era un país que estaba enemistado con Israel (Nm 22,1-24,25; Jue 3,12-30; 2Sm8,1-14; 2Re 3,4-27). Pero también allí, Dios había hablado a Moisés acerca de tierras, extranjeros y emigrantes (Nm 35,1-36,13). También en Moab, Moisés volvió a revelar al pueblo la promesa de Dios acerca de una tierra para todos (Dt 1,6-8). En Moab, Moisés fue sepultado (Dt 34,6) y también fue un lugar donde David se escondió de Saúl, (1Sm 22,1-5). Y de este último, el Rey David, debemos decir que, si no hubiese sido por Rut, él no habría existido.

Te contamos. La historia es así: Hubo un tiempo en el que la tierra de Israel sufrió una gran hambruna y muchos tuvieron que migrar. Es la historia de Elimélec y su esposa Noemí, quienes junto a sus dos hijos varones, Kilión y Majlón, han tenido que migrar hacia las tierras peligrosas de Moab. En Moab, los dos jóvenes se casaron con dos moabitas, Orfá y Rut, algo impensado para israelitas. Pero al cabo de 10 años todos los varones de la casa murieron. Las tres mujeres quedaron solas. Cabe destacar que en ese contexto, era muy peligroso que no hubiera varones en la casa. Noemí anciana y dos mujeres jóvenes moabitas. Noemí decidió regresar a su antigua tierra, Belén, y sus dos nueras decidieron irse con ella. Pero Noemí las intentó convencer de que no lo hagan:

Vuélvanse, hijas mías, vayan. Yo soy demasiado vieja para casarme. Y aunque dijera que todavía no perdí las esperanzas, que esta misma noche voy a unirme con un hombre, y que tendré hijos, ¿esperarían ustedes hasta que ellos se hagan grandes? ¿Dejarían por eso de casarse? No, hijas mías; mi suerte es más amarga que la de ustedes, porque la mano del Señor se ha desatado contra mí” (Rut 1,12-13).

Orfá le hizo caso, pero Rut insistió y le respondió a Noemí con una frase de alianza que quizá sea la más bella de toda la Biblia, de esas que se dicen a una persona muy especial:

“No insistas en que te abandone y me vuelva, porque yo iré adonde tú vayas y viviré donde tú vivas. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios. Moriré donde tú mueras y allí seré enterrada. Que el Señor me castigue más de lo debido, si logra separarme de ti algo que no sea la muerte”. (Rut 1,16-17)

Entonces, emprendieron juntas el viaje hacia Belén. Ahora Rut era la extranjera en tierras de Israel. Ser moabita en Belén no era lo más alentador, encima mujer, viuda y viviendo con otra viuda anciana. Pero la historia fue muy agradable para contar. Noemí y Rut eran mujeres muy fuertes, ezers, como nos gusta llamar a nosotros, guerreras de la vida cotidiana. Y pensaron un plan de trabajo en las tierras de un gran hombre de Belén, llamado Booz. Este era un hombre justo y bueno, bendecía a sus trabajadores y era bendecido por ellos. Eso no es poca cosa en el mundo laboral, ayer y hoy. Rápidamente se hizo notar Rut como nueva espigadora del campo de Booz, que era familiar de Noemí. Primer paso que daban estas mujeres viudas: firme.

Pero venía el segundo paso firme. En aquel momento, los hombres negociaban los matrimonios, no se decidían en libertad, tocaba lo que tocaba para la mujer. El Dios de la Biblia no acuerda con eso, y tal es así que, en este libro, es Rut y Noemí la que deciden la conquista. En una tarde de arepas y mates, Noemí le dice a Rut que se bañe, se perfume y se ponga lo más lindo que tenga en su pobre armario y que así vaya de noche a buscar a Booz, y mientras éste dormía, le destape los pies. Era una insinuación a algo más, a una profundidad en la relación, ya no de jefe a servidora, sino de igual a igual. Y al despertarse Booz, fue Rut la que avanzó, pero más de lo que Noemí le había aconsejado. Rut fue al centro de la cuestión y le dijo: quiero que tú seas mi esposo.

La mujer estaba eligiendo a su compañero de vida, la viuda sin dinero le estaba proponiendo matrimonio al soltero codiciado. La mujer moabita, extranjera y viuda, tomaba las riendas de su historia y elegía ella al hombre con quien rehacer su vida.

Había una ley, llamada “de rescate” que decía que una mujer que enviudaba debía ser rescatada por un varón de la familia del difunto esposo, de manera tal que todos los bienes quedaran dentro del círculo comunitario más íntimo. La mujer era un bien preciado, pero un bien al fin. A Dios no le gusta que los humanos seamos bienes materiales, por eso es que a través de estas mujeres revela al mundo su intención. La mujer moabita y extranjera era quien estaba rescatando al Booz soltero y dejándose rescatar por él. Ella daba el primer paso, enseñando a un hombre justo, bueno y poderoso, que a pesar de ser ella una mujer, viuda y extranjera, no iba a claudicar con sus sueños de libertad y de formar una familia con quien ella eligiera. De esa unión, saldría un hijo llamado Obed, que fue el papá de Jesé, el padre de David.  El mayor de los reyes de Israel tiene sangre extranjera, quiere decir que la salvación de Dios no viene por los clanes supuestamente elegidos, sino que es misteriosa y viene de la tierra menos pensada.

Rut es la rebeldía de Dios ante un mundo injusto y desigual, esta mujer es signo del Dios rescatista de nuestras discriminaciones y etiquetas. Rut es símbolo de la fuerza de la dignidad humana, que no baja los brazos y se hace camino donde le toque estar para encontrar una vida feliz, eso es lo que Dios manda, que seamos felices, haciendo el bien, en la tierra que él nos regaló.

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